No se trata de una historia perfecta, sino de una historia entendida

Hay algo que no puedo dejar de notar últimamente: la cantidad de publicaciones con finales laborales “perfectos” que veo en LinkedIn. El típico “hoy cierro un ciclo…” impecable, pulido, perfecto.

Pero todos sabemos que detrás de muchos de esos posts hubo algo distinto: un despido, una renuncia difícil, un jefe complicado, un ambiente que dejó de ser sostenible.

Y no puedo evitar preguntarme: ¿en qué momento nos dio vergüenza decir la verdad?

Nos enseñaron que, para ser contratados, tenemos que tener hojas de vida perfectas, cuando lo que tenemos son vidas reales. Con errores. Con decisiones incómodas. Con momentos en los que simplemente no supimos qué hacer.

Hace unos meses me despidieron. No por falta de resultados, sino por no aceptar de inmediato un cambio importante en mi esquema salarial. Lo cuestioné. Mucho. Incluso hubo quien me dijo que eso había sido “desagradecido” de mi parte.

Y sí, por un momento dudé. Pero nunca sentí que hubiera estado mal intentar negociar. Nunca sentí que hubiera sido incorrecto poner un límite.

Porque una relación laboral no es un favor. Es un acuerdo. La empresa contrata unos servicios que necesita y, a cambio, el trabajador da su conocimiento, tiempo, entrega, resultados e incluso sacrificios personales. Es una transacción donde ambas partes deben salir ganando.

Siempre he pensado que las relaciones laborales se parecen más a los vínculos personales de lo que queremos aceptar.

Antes, la gente se quedaba en matrimonios para siempre. El divorcio ni siquiera hacía parte de la conversación. No importaba si había amor o no. La costumbre, la familia, el dinero y la estabilidad eran más importantes que la felicidad personal.

Hoy eso cambió. Hoy entendemos que no vinimos a quedarnos donde no podemos crecer.

Y eso mismo es lo que pasa en el trabajo, aunque nos cueste admitirlo.

Aun así, decir que nos fuimos por un mal jefe, o que no encajamos, o que el resultado no se dio, o que no aceptamos ciertas condiciones, o que simplemente queríamos más crecimiento, sigue dando miedo. Porque sabemos que, del otro lado, alguien podría traducirlo como falta de adaptación, conflicto o debilidad.

Entonces aprendimos a decir lo correcto. A justificar nuestros cambios con frases que suenan bien. A volver nuestras historias aceptables, ahora incluso con ayuda de la IA.

Pero en el camino, dejamos de ser honestos. Incluso con nosotros mismos.

Hoy estoy en una pausa laboral. Y no, no siempre se siente bien. Hay días de claridad y otros donde incluso respirar cuesta más de lo normal.

Pero también he empezado a verlo distinto. No como un vacío, sino como un espacio.

Creo firmemente que todo en la vida pasa por algo, y eso que a veces vemos como un problema o un obstáculo es simplemente la forma que tiene la vida de re-direccionarnos. Una pausa obligada también es la oportunidad de re-crearnos, re-conocernos, re-definirnos, re-plantearnos.

Entender y aprender de nuestras acciones es lo que nos permite aceptarnos y sostenernos. Es un espacio para decidir, con más conciencia, qué queremos construir.

Tal vez no se trata de tener una historia perfecta. Tal vez se trata de tener una historia entendida. Y quizás, algún día, nos sintamos lo suficientemente tranquilos como para contarla sin miedo.

Si estás en este proceso de búsqueda laboral, recuerda que es válido estar en algún punto entre desempleado y buscando empleo. Es auténtico el deseo de no querer volver a trabajar nunca más, pero saber que tenemos que hacerlo.

Se vale estar entusiasmado por el futuro, pero también absolutamente asustado por fallar.

Comentarios

Entradas populares