No sabía quién era cuando dejaba de producir

Hace unos días llegué a terapia y le dije a mi psicólogo: el problema es que no sé quién soy. Y decirlo en voz alta me golpeó más de lo que esperaba.

Inicié mi vida laboral hace 20 años. Llevo casi la mitad de mi vida trabajando. Mi vida ha girado en torno al crecimiento profesional, el crecimiento académico y la consecución de objetivos.

Sin darme cuenta, creé una versión de mí exclusivamente para el entorno laboral y, con el pasar de los años, la fui fortaleciendo. Esa versión sabía resolver problemas, liderar reuniones, negociar, apagar incendios y entregar resultados.

Esa versión me ayudó a conseguir muchas de las metas que me tracé. Sin embargo, no sabía descansar realmente. Me iba de vacaciones, pero con un ojo puesto en el celular. No sabía sentir. No sabía quién era cuando dejaba de producir.

Cuando una identidad te sostuvo durante tantos años, dejarla ir, aunque sea parcialmente, también duele.

Pausar me obligó a encontrarme con una realidad dolorosa: no reconocerme sin mi versión profesional.

He pensado mucho en las máscaras o capas que creamos para protegernos en los ambientes laborales. Por ejemplo, no poder mostrar la verdadera orientación sexual por miedo al rechazo; tener que vestirnos o actuar de cierto modo para encajar en determinadas industrias; aparentar cierto carácter para no ser percibidos como débiles; o incluso hacer cosas que van en contra de lo que realmente pensamos o haríamos, simplemente para seguir las órdenes de un jefe.

Yo también aprendí a actuar de cierta manera para encajar. A endurecerme. A hablar más fuerte. A demostrar seguridad incluso cuando estaba agotada.

En medio de todo eso, construimos una versión de nosotros que, aunque nos pertenece, no necesariamente refleja lo que realmente somos.

Poder volverme a conocer sin la versión profesional —no porque ya no exista, sino porque ya no es la que domina— me ha dado también la oportunidad de reconstruirme. De mirar atrás y analizar esa versión que, si bien me ha hecho sentir muy orgullosa, también me ha dejado lecciones muy importantes y, sí, dolorosas.

No sabía qué hacer conmigo cuando no tenía correos por responder, reuniones o problemas urgentes que resolver.

Reconocer todo esto, también ha significado aceptar las múltiples veces que dejé de conectar con las personas por priorizar los resultados. O las veces que no fui la mejor líder ni la más humana; las veces que respondía desde la presión y corregía sin sensibilidad.

Ahora me pregunto cuántos líderes dejaron de conectar con sus equipos, de ser creativos o de buscar alternativas, simplemente porque olvidaron quiénes eran realmente.

El problema real es que estaba en piloto automático, con la llanta profesional perfectamente alineada, pero las demás un poco pinchadas.

Bendita sea la realidad que me está tocando vivir y que me está permitiendo despertar y reconstruirme. Me está encantando esta versión de mí.

Durante años pensé que mi valor estaba en lo que lograba. Después de todo, estoy aprendiendo que también existe valor en quien soy cuando no tengo nada que demostrar.

Hoy entiendo que, al final, esta pausa no se trata de encontrar empleo, sino de volverme a encontrar a mí misma.

Comentarios

  1. Gracias. Es la oportunidad para encontrar el Sentido de la propia vida

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